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Minh Nguyen (centro) ayuda a Leonardo Mamani (izquierda) y Daniela Dasilva con sus deberes en el programa extracurricular en Tacopaya, Bolivia.

Cuando Leonardo Mamani Villa empezó la escuela a los 6 años de edad en Tacopaya, un pueblo indígena en las remotas montañas rurales de Cochabamba en los Andes bolivianos, enfrentó dificultades. Leonardo, cuyo primer idioma es el quechua, tuvo que aprender a leer, escribir, contar y expresarse, en castellano. Encontró una tutora y una amiga en la Misionera Laica Maryknoll Phuong Minh Nguyen, quien trabaja en un programa de tutoría para niños en la casa parroquial de Tacopaya. Todas las tardes, Nguyen da la bienvenida a más de 20 niños enérgicos como Leonardo. Ellos corren hacia la puerta principal y la llaman por su nombre: “¡Minh, Minh!” Los niños hacen sus tareas en el patio y leen libros o juegan en la biblioteca.

Phuong Minh Nguyen prepara un refrigerio para los niños. (Nile Sprague/Bolivia)

“Me gusta cuando Minh me enseña a leer y contar”, dice Leonardo. Después de un año de asistir al programa de tutoría, Leonardo mostró avances. Ha aprendido castellano y también a leer, sumar, restar y multiplicar. Nguyen, quien llegó a Tacopaya en el 2018, dice que el programa ayuda a llenar los vacíos académicos de los niños. “Muchos de ellos pasan al siguiente grado sin tener la educación básica y no saben nada de matemáticas o lectura”, dice. Josue Silvestre Vicente, de 12 años, es otro niño que tocó el corazón de la misionera. Tiene problemas de pronunciación y es muy tímido. Cuando Josue estaba en cuarto grado, no sabía leer, escribir ni hacer matemáticas. Josue se acercó a la misionera y le pidió ayuda. Nguyen ha trabajado con él durante tres años. Ahora está en séptimo grado en una escuela católica donde su rendimiento se considera a la par con otros estudiantes. Los jóvenes estudiantes de Tacopaya estudian en una variedad de circunstancias. Algunos estudiantes, como Josue, viven con sus familias en sus casas en Tacopaya. Otros estudiantes, como Leonardo, residen en internados católicos y asisten a clases en escuelas públicas administradas por el gobierno. Nguyen explica que su programa de tutoría está abierto a todos los niños de la comunidad. Los padres de Leonardo son agricultores de subsistencia que viven en una región aún más remota de los Andes. Si Leonardo y sus dos hermanos no fueran ayudados por el internado católico, tendrían que caminar cuatro horas al día para llegar a la escuela. Por medio de este programa, la misionera intenta llenar el vacío que deja la ausencia de los padres y hacer que estos niños se sientan como en casa. Todos los días, prepara un refrigerio cálido y nutritivo, como avena con leche.

Los estudiantes de la escuela primaria pública enTacopaya usan mascarillas cosidas por Nguyen. (Cortesía de Phuong Minh Nguyen/Bolivia)

Para Nguyen, es importante mantener a los estudiantes en el campo. Muchos jóvenes se van a la ciudad a buscar trabajo, explica. A veces, los niños y los ancianos son los únicos que permanecen en sus aldeas. Cuando las personas se trasladan del campo a la ciudad, “pierden su identidad, tratando de adaptarse y sobrevivir en un entorno diferente”, dice. “En la ciudad, tienen miedo de hablar su lengua materna y practicar su cultura. Aquí tienen aire puro y fresco y estamos ayudando a su educación”. El Padre Héctor Terrazas, un ex párroco local, puso la casa parroquial a disposición de Nguyen para el programa de tutoría. También apoyó los esfuerzos para reducir la migración a las ciudades. Las escuelas de Tacopaya atienden a niños de unas 100 comunidades aledañas donde sus familias enfrentan problemas como la escasez de agua y la producción insuficiente de alimentos. La mayoría son agricultores y generalmente solo cultivan papas. “Estamos presentando un proyecto de agroecología que incluye forestación con pinos y árboles frutales mediante micro riego para mejorar la producción de otros alimentos”, dijo el padre Terrazas. Nguyen, de 57 años, disfruta su ministerio con los niños en Tacopaya. “Cuando era niña en Vietnam, nací en medio de la pobreza”, dice. “Sé lo que es tener una infancia maravillosa viviendo en medio de la naturaleza con libertad, pero también superé muchas dificultades en mi vida”.

Niños que asisten al programa de tutoría después de la escuela disfrutan de un nutritivo refrigerio de avena y leche, preparado por la misionera Nguyen en la casa parroquial deTacopaya. (Nile Sprague/Bolivia)

Nguyen tenía 23 años cuando ella y su familia partieron de Vietnam a Estados Unidos, pero ella y una hermana fueron separadas de la familia en Tailandia y enviadas a un campo de refugiados en Filipinas. (En ese entonces, el gobierno de los Estados Unidos requería que los refugiados mayores de 21 años fueran primero a un campamento de refugiados para estudiar el idioma y la cultura antes de ingresar al país). Ella y su hermana se reunieron con sus padres y tres hermanos menores seis meses después. “Fue como ser arrancada”, dice Nguyen. “Dejé mi país, mis amigos y todo y luego me separaron abruptamente de mis padres y hermanos. Fue muy duro. Pero al mismo tiempo, siento que fue el comienzo de mi jornada para sentir por los demás”. Al llegar a los Estados Unidos, Nguyen enfrentó dificultades para acoplarse como estadounidense. Más tarde, dice: “Aprendí a valorar las dos culturas y me di cuenta del enriquecimiento que aportan”. Vivía en Baltimore, Maryland, y trabajaba como cosmetóloga licenciada mientras era voluntaria en su parroquia. Al discernir su llamada misionera, Nguyen aprendió a confiar en la providencia de Dios, dice. En 2010, se unió a los Misioneros Laicos Maryknoll y fue asignada a Bolivia. Primero sirvió en Cochabamba en el Hogar Madre de Dios para niñas abusadas y abandonadas. También usó sus habilidades en cosmetología: enseñando corte de cabello a los reclusos en la prisión de hombres de San Pablo y peluquería en un programa de certificación en la prisión de mujeres de San Sebastián para que las reclusas adquieran habilidades laborales.

Misionera laica Nguyen se suma a los esfuerzos de la iglesia local de Tacopaya para brindar educación a los niños del campo para evitar que migren a la ciudad de Cochabamba. (NIle Sprague/Bolivia)

Nguyen siguió visitando las cárceles y el hogar de niñas en la ciudad de Cochabamba hasta que la pandemia limitó sus viajes. La misionera dice que una enfermera de la clínica local en Tacopaya recientemente informó haber visto más de 60 casos de COVID-19 y tres muertes, pero las cifras reales podrían ser más. Nguyen dice que su recompensa de su ministerio actual es ayudar a niños como Leonardo, que ahora tiene 9 años y es un estudiante brillante, y Josue, que aprende y gana más confianza cada día. “Les enseño a no darse por vencidos y les digo: ‘Puedes hacerlo, solo inténtalo y verás’”, dice. “Al principio es difícil convencerlos, pero cuando lo consiguen, se ven muy felices y me hacen feliz a mí también”.Reflexionando sobre su trayectoria, Nguyen piensa que Dios la había preparado para la misión. “Para que yo llegue a donde estoy ahora, sé que Dios me dio el amor para hacerlo posible … sentir por mis hermanos y hermanas”, dice. “Ese es el primer regalo que me dio; sin amor nada es posible”.

Este artículo apareció por primera vez en la revista Maryknoll en el invierno de 2022. Fotos de Nile Sprague para Maryknoll (excepto la foto de la máscara).

Giovana Soria Giovana Soria
Giovana Soria is a staff writer and translator for Maryknoll and Misioneros magazines.