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Coralis Salvador (izquierda) y Antonia Morales -parroquiana- se dan la mano con Jesús, acompañadas por el Padre Jesuita Rafael García, párroco de la Iglesia del Sagrado Corazón de El Paso, Texas.


Coralis Salvador abordó un tren en Kenya, camino a Nairobi. “Después de 19 años en África con los Misioneros Laicos Maryknoll, mi contrato estaba terminando”, dice ella. “Planeaba tomarme unas vacaciones y pasar tiempo con mis nietos”. Sin embargo, algo le pesaba en su corazón. Una crisis humanitaria estaba empeorando en otro sitio misionero Maryknoll: la frontera entre México y Estados Unidos. “Esa semana, un padre y su hija se ahogaron en el río Grande”, dice Salvador. “La corriente se los llevó, con la niña metida dentro de la camisa de su padre. Reflexioné sobre la difícil situación de estos migrantes. Recé durante todo el viaje en tren. Finalmente, dije: ‘Está bien, Señor, me estás diciendo que vaya a El Paso’. Dije: ‘Sí’, y la pesadez desapareció”.En El Paso, Salvador se unió a otros miembros de la familia Maryknoll llamados a la frontera por su fe. Los Padres y Hermanos Maryknoll, las Hermanas Maryknoll y los Misioneros Laicos Maryknoll responden a la desesperada necesidad de los migrantes y las comunidades fronterizas. En las palabras del Papa Francisco en su exhortación apostólica La Alegría del Evangelio, “La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo”. “El Paso seguía viniendo a mi cabeza y a mi corazón”, dice la Hermana Maryknoll Lelia Mattingly, quien ingresó a Maryknoll en 1960 y trabajó en Bolivia. “Me expuse por primera vez a la precariedad de las vidas de los migrantes en Shelbyville, Kentucky, al conocer a los trabajadores migrantes que venían a cosechar tabaco”. Ella trabajó durante cuatro años en la frontera de Arizona antes de comenzar a servir en Casa Anunciación en El Paso en enero de 2016.

Coralis Salvador y el chef James Martínez preparan comidas para jornaleros, migrantes y personas sin hogar como parte del programa La Tilma en la parroquia Sagrado Corazón. (Deirdre Cornell/EE.UU.)


Casa Anunciación es una red de refugios que brinda hospitalidad a las personas y familias liberadas de los centros de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Los autobuses dejan a los solicitantes de asilo todos los días. “En 2019, en un momento dado recibíamos a más de mil migrantes al día”, recuerda la hermana Mattingly. La Hermana Maryknoll Janet Miller y la Misionera Laica Maryknoll Deborah Northern son voluntarias en el refugio más nuevo de Casa Anunciación, la Casa del Refugiado. Un antiguo almacén, la instalación tiene capacidad para 500 personas. Los huéspedes se quedan de uno a tres días mientras se contacta a sus patrocinadores y se organiza el viaje. Casa Anunciación también recibe a huéspedes a largo plazo en entornos más pequeños, como en el que Salvador sirve actualmente. Ahora ella se encuentra acompañando a familias similares como aquella cuya situación la llevó a la frontera. “Tenemos una familia de cuatro que se queda con nosotros”, dice Salvador. El padre de la familia se ahogó cruzando el río Grande. “Personal de Aduana y Patrulla Fronteriza les arrojaron una cuerda y salvaron a la madre y los niños. Pero el padre fue arrastrado”, explica con tristeza. “Los niños tienen 15, 14 y 2 años. Se están haciendo arreglos y estamos ayudando con el viaje al patrocinador de la familia”.
 
El trabajo de la Misionera Laica Heidi Cerneka la lleva a menudo a los centros de detención. Cerneka, quien se unió a los Misioneros Laicos Maryknoll en 1996, trabajó durante muchos años en Brasil acompañando a mujeres en la cárcel. “La prisión es el lugar donde más siento la presencia de Dios”, reflexionó. “Cuando despojas a una persona de todo lo demás: familia, hogar, trabajo, libertad y más, a veces todo lo que le queda es su fe y su Dios, y se aferra tenazmente a eso”.
Cerneka regresó a los Estados Unidos para estudiar derecho y obtuvo su título en 2017. Ella trabaja como abogada en Las Américas Immigrant Advocacy Center, brindando asesoría legal a refugiados. Al escuchar las historias de los solicitantes de asilo obligados a huir de sus hogares, Cerneka es testigo de su desesperación. “Nadie quiere nadar en un río, escalar un muro o cruzar un desierto con riesgo de morir por deshidratación”, dice.
Northern está de acuerdo. Además de ser voluntaria en el refugio para migrantes, es parte del personal del Proyecto Encuentro, una organización religiosa que promueve la comprensión de los problemas fronterizos. “Durante ocho años de servicio en El Salvador, vi de primera mano la violencia y la pobreza extrema que impulsan a las personas a dar un paso tan drástico como huir de su propio país y hacer un viaje difícil para encontrar una vida mejor y más segura”, dice ella.

Gloria Yáñez y la Hermana Margaret Sierra venden artesanías hechas por mujeres del Centro Santa Catalina en Ciudad Juárez, en la tienda de la cooperativa ubicada en El Paso.(Deirdre Cornell/EE.UU.)


Mientras estos misioneros Maryknoll dan la bienvenida a los refugiados a los Estados Unidos, la Hermana Margaret Sierra acompaña a las familias en ambos lados de la frontera. Nacida y criada en Nuevo México, ya estaba familiarizada con El Paso y su ciudad contraparte, Ciudad Juárez. “Existe una conexión económica y cultural muy fuerte con México”, dice. “Más del 80% de la población de El Paso es latina. Muchas familias son binacionales y muchos asisten a la escuela o tienen trabajos en el otro lado”. La hermana Sierra apoya al Centro Santa Catalina, una organización sin fines de lucro en Ciudad Juárez establecida por dos Hermanas Dominicas de Adrián. Su cooperativa de costura ofrece una alternativa a las maquiladoras donde los trabajadores ganan entre $55 y $60 a la semana. Al empoderar y educar a mujeres y niños, el centro ayuda a garantizar que sus familias no tengan que dejar sus hogares. La hermana Sierra, quien ingresó a las Hermanas Maryknoll en 1977 y trabajó durante 12 años en América Latina, comparte una conexión especial con las mujeres de Santa Catalina. “Veo a estas mujeres en la cooperativa y veo a mi madre cosiendo”, dice. “También veo a mis tías que se ganaban la vida cosiendo en una pequeña tienda en Albuquerque”.Debido a la pandemia, la hermana ahora se mantiene en contacto con la cooperativa a través de la computadora o el teléfono. Pero antes de que el COVID-19 impidiera las reuniones, los viernes por la mañana las mujeres se reunían para la misa o para orar. “En la misión, aprendí algo que se quedó conmigo”, recuerda la hermana, quien está capacitada como capellán. “La gente necesita ropa, comida. Sí, necesitan todo eso. Pero también necesitan jugar, orar, de la belleza y un poco de alegría en sus vidas”. Varios sacerdotes Maryknoll han servido en parroquias en las Diócesis de Ciudad Juárez y El Paso, ministrando en ambos lados de la frontera. Los Padres James Kofski y Kenneth Moody ofrecen atención pastoral en la Iglesia de San Patricio en Canutillo, Texas, una ciudad pobre y polvorienta de unos 6.000 habitantes.

El Padre Kenneth Moody conversa con los feligreses América y David Sambrano afuera de la Iglesia de San Patricio en Canutillo, Texas, un pueblo fronterizo en su mayoría latino.(Deirdre Cornell/EE.UU.)


El padre Moody, oriundo de Hackensack, Nueva Jersey, ordenado en 1970, sirvió durante 24 años en Venezuela y durante 14 años en Bolivia. Su llamado al sacerdocio, y a la misión, llegó cuando era joven. “Mi maestra de octavo grado trajo la revista Maryknoll”, relata. “Todo lo que sabía hasta entonces era que quería amar a Jesús. En esas páginas vi cómo podemos amar a Jesús, haciendo las Obras de Misericordia”. La parroquia donde sirve se encuentra a orillas del río Grande, en un barrio con casas abandonadas y remolques decrépitos en terrenos áridos y arenosos. Aunque otros pudieran estar insatisfechos en un entorno tan desolado, el padre Moody está encantado: “Me da la oportunidad de hacer lo que más me gusta hacer: compartir la Buena Nueva”. Le gusta conocer a la comunidad, decir misa y ofrecer los sacramentos. “Intento hacer contacto con ellos en su propia realidad”. Los feligreses América y David Sambrano, residentes de toda la vida en Canutillo, tienen una larga historia familiar en San Patricio. El bisabuelo de David ayudó a construir la iglesia, y cuando era niño, David se unió a sus padres para ayudar a construir el centro de actividades de la parroquia al otro lado de la calle. Cuando se le pide que describa el ministerio de Maryknoll en San Patricio, David responde, con los ojos llenos de lágrimas: “Puedo contarte sobre Maryknoll en una palabra: ‘amor’”.


Este artículo apareció por primera vez en el número de invierno de 2022 de la revista Maryknoll.  Fotos de Deirdre Cornell.

Deirdre Cornell Deirdre Cornell
Deirdre Cornell served as a Maryknoll lay missioner in Mexico (2004-2007). She is an associate editor of Maryknoll magazine and the author of three Orbis Books, including Jesus Was a Migrant.